sábado, 21 de julio de 2012


Ciencia y esperanza.

Extracto de libro el mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad.

Autor: Dr. En física Carl Sagan.



Yo fui un niño en una época de esperanza.  Quise ser científico desde mis primeros días de escuela.  El momento en que se cristalizó mi deseo llegó cuando capte por primera vez que las estrellas eran soles poderosos, cuando constaté lo increíblemente lejos que debían estar para aparecer como simples puntos de luz en el cielo.  No estoy seguro de que entonces supiera el significado de la palabra “ciencia”, pero de alguna manera quería sumergirme en toda su grandeza.  Me llamaba la atención el esplendor del universo, me fascinaba la perspectiva de comprender como funcionaban realmente las cosas, de ayudar a descubrir misterios profundos, de explorar nuevos mundos… quizá incluso literalmente.  Para mí el romanticismo de la ciencia sigue siendo tan atractivo y nuevo como lo fuera aquel día hace más de medio siglo cuando me enseñaron las maravillas de la feria mundial de 1939.  Popularizar la ciencia –intentar hacer accesibles sus métodos y descubrimientos a los no científicos- es algo que viene a continuación, de manera natural e inmediata.  No explicar la ciencia me parece perverso.  Cuando uno se enamora, quiere contarlo al mundo.  Sin embargo hay otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de pensar, que muy pocos comparten por cierto, pues la mayoría nos vamos deslizando sin darnos cuenta en la superstición y la oscuridad.

Hemos preparado una civilización global en la que los elementos as cruciales –el transporte, las comunicaciones, y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación y el ocio, la protección del medio ambiente e incluso la institución democrática clave de la elecciones- dependen profundamente de la ciencia y la tecnología.  También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre.  Podríamos seguir así una temporada, pero antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.  La ciencia es un intento, en gran medida logrado, de entender el mundo, de conseguir control de las cosas, de alcanzar el dominio de nosotros mismos, de dirigirnos hacia un campo seguro.  La microbiología y la meteorología explican ahora lo que hace solo unos siglos se consideraba causa suficiente para quemar a una mujer en la hoguera.   Tomas Ady en su libro Una vela en la oscuridad, advertía el peligro de que las “naciones perezcan por falta de conocimiento”.  La causa de la miseria humana evitable no suele ser tanto la estupidez como la ignorancia, particularmente la ignorancia de nosotros mismos.  Es mucho lo que la ciencia no entiende y aun quedan muchos misterios por resolver, puesto que la ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto.  La manera de pensar científica es imaginativa y disciplinada al mismo tiempo, de ahí su éxito, nos invita a aceptar los hechos aunque no se adapten a nuestras ideas preconcebidas.  Nos aconseja a tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cual se adapta mejor a los hechos.  Nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas y la sabiduría tradicional.   Por último el conocimiento científico es la mejor forma de atacar la ignorancia de la cual se vale la clase política para mantener oprimidos a sus pueblos.  Es deber de las generaciones futuras luchar contra esta ignorancia.  La pregunta es: ¿cuántos de nosotros queremos  vivir en la ignorancia?

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